Artesanos del Mediterráneo perfeccionaron la colocación de la primera hoja con yeso, casi sin cimbra, aprendiendo a oír la pieza y leer la curva. Más tarde, Rafael Guastavino llevó esta sabiduría a América, donde la Boston Public Library y otras obras demostraron cómo capas delgadas, bien trabadas, podían ofrecer resistencia al fuego, belleza acústica y rapidez de ejecución. La técnica pasó así de patio y mercado a equipamientos públicos, sin perder su espíritu manual.
El secreto está en que la forma acompaña el flujo de fuerzas. Si la línea de empujes queda dentro del espesor, la lámina trabaja serena, sin tracciones peligrosas. La geometría funicular guía arcos, bóvedas y conchas, y permite cubrir luces sorprendentes con un espesor mínimo. Con apoyos firmes, zunchos discretos y continuidad entre capas, la compresión se reparte como agua en un cauce, evitando concentraciones y abriendo paso a superficies limpias y eficientes.
Una primera piel ligera define la forma y toma el puesto de encofrado vivo. Luego, capas sucesivas cruzan direcciones y peinan esfuerzos, ganando rigidez sin penalizar el peso. La adherencia entre rasillas, el orden de puesta y la trabazón continua convierten piezas humildes en un diafragma inteligente. El resultado es una concha versátil que se refuerza donde hace falta, respira con los materiales, y equilibra tradición, economía y precisión.
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