





En una casa alta de A Mariña, una trabe de castaño fechada en 1918 sigue sin alabeos gracias a un secado paciente y apoyo limpio sobre piedra. El abuelo contaba que se eligió en menguante; el nieto ahora encera discretamente y registra cada revisión con cariño.
Cuando el viento rompió ramas y tejados, aquella panera sostuvo las cuatro aguas sin pánico. Las uniones flexibles de pino absorbieron vibraciones, mientras el marco de castaño mantuvo geometría. Al día siguiente, el vecindario ajustó tejas, apretó tarugos y compartió caldo, celebrando una lección silenciosa de diseño.
Levantar un inventario de piezas, diagnosticar humedades y priorizar causas antes que síntomas evita obras invasivas. Refuerzos reversibles, apoyos puntuales y piezas añadidas de pino alivian esfuerzos, mientras el castaño original sigue gobernando. Documentar con fotografías, croquis y medidas crea memoria útil para futuras manos y decisiones públicas.
Paneles laminados de pino radiata, vigas encoladas y conectores de madera permiten ampliar luces sin renunciar a la calidez. El castaño se explora en suelos, carpinterías y fachadas ventiladas. La clave es compatibilizar elasticidades, durezas y movimientos, para que cada especie aporte sin imponerse ni perder su carácter.
Talleres abiertos, rutas por hórreos y paneras, y pequeñas residencias para carpinteros fomentan conocimiento y cariño. Invitar a documentar con fotografías antiguas y vivencias familiares fortalece la protección. Suscríbete, comparte preguntas y propón visitas: la conversación mantiene viva la arquitectura y multiplica manos para sostenerla con alegría, criterio y perseverancia.
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