En las orillas del Guadalquivir, los hornos de Triana alimentaron monasterios, plazas y embarcaciones rumbo a América. Allí se mezclaban arcillas de ribera, óxidos y noticias de ultramar; cada apertura de horno era una lotería controlada por experiencia, paciencia y la intuición olfativa del maestro alfarero.
El lustre dorado de Manises conquistó mesas y muros de reinos europeos gracias a comerciantes que hablaban varios idiomas del Mediterráneo. La receta, custodiada entre familias, exigía fuegos difíciles y tiempos precisos; su éxito tejió encargos regulares, sellos de calidad y copias que aún hoy delatan aquel prestigio viajero.
En Talavera de la Reina y Puente del Arzobispo florecieron paneles narrativos con santos, oficios y escenas de calle que parecían pequeños teatros esmaltados. Sus manos formaron una escuela reconocida por la UNESCO en 2019, uniendo tradición, identidad local y encargos que cruzaron siglos mediante rutas regulares y aprendices obstinados.
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